La sombra de la discriminación nunca acabará
March 30, 2010 · Imprime este artículo
“¡Cómete la banana, mono!”. Eso es lo que le habría dicho el argentino de Ñublense, Matías Manríque, al zaguero ecuatoriano de Unión Española, Giovanny Espinoza, en el duelo que ambos clubes protagonizaron el fin de semana pasado. Obviamente, y como resorte, se hizo tema de discusión el racismo en el fútbol. “Yo pensé que esto había desaparecido. Es primera vez que me pasa. La Fifa está haciendo una campaña contra eso y me da pena que un jugador no lo sepa”, declaró la víctima, consiguiendo por fin las disculpas del agresor.
Las excusas, eso sí, parece que no harán terminar con el caso, ya que el Tribunal de Disciplina de la ANFP decidió investigar el evento en profundidad, lo cual podría significar un castigo de hasta diez fechas para el futbolista que no pudo controlar a esa loca que es la boca. Sin embargo, por más dura que sea la sanción, ésta no podrá acabar con el problema. Evidentemente, la discriminación no es un asunto nacido en las raíces del fútbol, pero éste, como actividad humana, no está ajeno a pestes de aquella calaña. Ni siquiera en el espacio del inconsciente colectivo, donde un ejemplo claro es que el mismo Espinoza acepta su apodo de “La Sombra”, en referencia a su rapidez y a su color de piel.
La xenofobia siempre habitó en el fútbol. En 1914, el en ese entonces elitista Fluminense tuvo entre sus filas al mulato Carlos Alberto, quien para no ser molestado por los oligarcas dueños del club decidió cubrirse de polvo de arroz durante un partido para pasar piola. La pillería quedó en evidencia, al Tricolor le pusieron de sobrenombre pó de arroz (portugués) y vino un veto a jugadores de color que duró hasta la década del 50. La hinchada ultra del Real Madrid cantándole barbaridades al colombiano Freddy Rincón, el fascismo de los fanáticos de Lazio, manifestaciones nazistas en Alemania y todas las humillaciones sufridas por jugadores africanos en Europa, incluidas súper estrellas como Samuel Eto’o, quien amenazó con retirarse de la cancha del Zaragoza en 2005, cuando era destino de cánticos raciales, no hacen más que engrosar la cantidad de páginas de este pesado libro. Eso sin contar los capítulos en otros deportes y que tienen a los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 como principal historia, con un Jesse Owens tapándole la boca a Adolf Hitler y sus ideas de superioridad aria.
Sin embargo, vale decir que no es el único tipo de discriminación. Clase social, simpatías políticas, religiosas e incluso referencias al aspecto físico o a las preferencias sexuales son parte del mazo, pero no se castigan de la misma manera. Y es que “cómete la banana, mono”, puede llegar ser tan ofensivo como el “los jugadores de Colo Colo no saben hablar de corrido”, proferido por Mauricio Pinilla hace un par de años tras un Clásico, o los “judío tal por cual”, cortesía de los hinchas de Palestino a Rodrigo Goldberg hace ya casi una década. Eso, sin dejar pasar las ya mentadas características físicas y que extrañamente caminan entre el cariño y la ofensa. Por ejemplo, alguien de baja estatura es el “Chico tanto” y puede ser nombrado con simpatía por parte de sus compañeros sin ningún tipo de drama, pero si viene un rival y cambia su entonación y dice “Chico y la conch…”, la cosa cambia radicalmente, pueden venir las agresiones y hasta cierta alharaca, pero nunca la misma condena social.
Aquí el asunto no es defender a Manríque, sino que aterrizar un tema y medir con la misma vara la ofensa, cualquiera sea la forma de esta y si es que la intención es punirlo. Pero reitero, el problema jamás se acabará. El castigo apenas funciona para mantener a la bestia amarrada, pero no impide que escuchemos sus bramidos de vez en cuando.


Comentarios
Got something to say?