La última oportunidad para un superestrella en crisis

December 2, 2009 · Imprime este artículo

Allen_IversonHoy no se recuerda, pero hubo un momento puntual a comienzos de esta década en que Allen Iverson era el jugador más reconocido, popular y codiciado en la NBA (por si acaso, la liga de básquetbol más importante y espectacular del planeta).

Siendo más específicos, el año 2001 este “petiso” de 1.83 metros alcanzó el cielo con la camiseta de los 76ers de Philadelphia, a los que encumbró hasta la final de la NBA sin otro compañero ni remotamente cercano a su nivel e incluso haciéndole pasar un buen susto a la por entonces imabtible dupla de Kobe Bryant y Shaquille O’Neal en los L.A.Lakers. Y aunque no ganaría el anillo de campeón, el reconocimiento como el Jugador Más Valioso (MVP en inglés) de esa campaña sería un premio de consuelo generoso. Por supuesto, sus tatuajes, su número 3 y sus meticulosamente peinadas trenzitas se hicieron conocidas en todo el globo. No por nada, en un campeonato desesperado por encontrar un reemplazo al recientemente retirado Michael Jordan, Iverson se consolidaba como el heredero más potente.

Pasó el tiempo y hoy la realidad es distinta. Sin ofertas y afrontando un vergonzoso paso por los Grizzlies de Memphis, con quienes jugó tres partidos antes de darse cuenta que no sería más que un reserva, Iverson anunció su retiro, el camino lógico para un jugador reconocido por no dejarse pasar a llevar por nadie durante sus 13 años como profesional.

¿Qué pasó? En parte, mucho es su culpa. Amado y odiado por no tener pelos en la lengua, “La Respuesta” fue haciéndose con los años de varios enemigos, los que le pasaron la cuenta cuando el 2006 decidió abandonar su querida Philadelphia para buscar nuevos rumbos en una escuadra con mayores aspiraciones. Ahí, contrario a lo que él creyó, los postores no abundaron y sólo Denver se atrevió a aceptar el desafío. Sin embargo, dos años y medio le demostraron a los Nuggets no sólo que el escolta ya no era el mismo (si bien su nivel era más que aceptable) sino que el protagonismo que exigía dentro y fuera de la cancha afectaba el desarrollo de un plantel joven que podía alcanzar más sin él.

Los Pistons de Detroit tomaron el desafío y las conclusiones fueron las mismas. Aún peor, relegado a un puesto de reserva Iverson sencillamente abandonó el equipo (alegando una lesión falsa) ya que se consideraba a si mismo todavía como parte de la elite, lo que en la ciudad motora no compartían. Así se llegó a Memphis, donde la tendencia empeoró forzando el alejamiento final.

En el intertanto, parecía que todo lo que el nº3 tocaba era maldecido. Tanto Philadelphia como Denver mejoraron tras su partida, el protagonismo que exigía dentro de la cancha era ahora más un problema que un aporte e incluso se le excluyó del equipo nacional (el Dream Team) tras capitanearlo en su peor resultado histórico, el bronce de Atenas 2004, aun cuando todos vieron que ese equipo si no era por él ni rozaba el podio olímpico.

Pero la manera en que Iverson comunicó su decisión dejó dudas desde el comienzo. Lo hizo a través de un amigo periodista y dejando en claro a todo momento que aún se veía como un jugador capaz de generar espectáculo a sus 34 años.

Ilusos o no, fue el primer amor Philadelphia quien decidió creerle, firmando un acuerdo este miércoles que liga a ambas partes por un año, por una cantidad de dinero que dejó a los dos comformes. Pero no es sólo una obra caritativa por parte de los 76ers, quienes han visto como un plantel de por sí con problemas ha sido afectado por lesiones que los tienen a la deriva.

Y con Iverson podrían matar dos pájaros de un mismo tiro. Por un lado, el escolta no encontrará los problemas de egos de sus experiencias recientes y se le dará la bola para que lidere todos los ataques, justo lo que él pide y necesita para demostrar toda su valía, si es que ésta todavía se condice con sus palabras. Por el otro, una franquicia de capa caída verá como la mayor estrella que ha tenido en las últimas décadas volverá a reactivar las pasiones en una afición que, con suerte, llenaba la mitad de los asientos disponibles en el Wachovia Center.

Ahora, para saber si todo esto resultará, sólo el tiempo podrá responderlo.

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