No lo duden, es el mejor de la historia
February 1, 2010 · Imprime este artículo
Dos cosas quedaron claras tras la victoria de Roger Federer en Australia.
Primero, que si todavía quedan dudas sobre si el suizo es o no el mejor tenista de la historia, los incrédulos se van acabando. Poco a poco ‘FedEx’ va cumpliendo todos los objetivos que los expertos iban colocando en su camino a medida que seguía sumando récords. Así quedó atrás Pete Sampras con sus “miserables” 14 Grand Slams o ganar los cuatro grandes alguna vez, además de esa poco publicitada racha de 23 semis consecutivas en Majors (la marca anterior era de Ivan Lendl con 10, que en su época fueron vistas como un logro mayúsculo) que sirve tanto para hablar de su consistencia como de su rendimiento superlativo.
Lo otro es que en Oceanía se confirmó que si no está Rafael Nadal, nadie puede detenerlo. El español fue por años no sólo su gran rival, sino el obstáculo que se le atravezaba justo en la puerta de la inmortalidad total -Roland Garros por sobretodo- y ahora que las lesiones le están impidiendo jugar al nivel acostumbrado por grandes períodos de tiempo, a Federer le sigue bastando con poner su chapa para ganar casi al trote un Grand Slam.
Esto no quiere decir que tipos como Andy Murray o Novak Djokovic le teman, pero simplemente no dan muestras como puedan llenar los zapatos de Nadal como para la contraparte del suizo. Ambos le han ganado y por talento y temperamento tienen lo suficiente, pero no para estar a la altura de las leyendas, no todavía.
Hace casi un año, se hablaba que Federer estaba a un paso de su retiro, perdido en las canchas, número 2 del mundo e incluso dando señas de ira como no se le veía desde juvenil (¿recuerdan el raquetazo que dio en Miami?), pero bastó sólo que Rafa tropezara un poco para volver a la ‘normalidad’, y para darnos cuenta que aunque el español a muchos no les agrade, es tremendamente necesario para darle al circuito algo de emoción.
De hecho, si un astronauta hubiera abandonado el planeta por algo así como 15 meses y aterriza justo en Melbourne el fin de semana, perfectamente habría creído que nada pasó jamás.
Todos queremos ver ante nuestros ojos la grandeza total, eso es natural. Muchos no tuvieron la fortuna de ver las batallas entre John McEnroe, Bjorn Borg y Jimmy Connors, ni mucho menos a Rod Laver y toda la patrulla australiana de los 60, o para qué hablar de los ‘Mosqueteros’ franceses. Por eso es tan bueno tener a Federer ahora y hoy, porque les podremos decir a todos esos perdedores lo que fue presenciar al más grande de todos los tiempos.
Pero eso no quiere decir que dejemos de alentar al resto. Ojalá que todas las dudas que rondan respecto a su futuro y su rodilla se disipen y Nadal vuelva a su nivel acostumbrado, permitiéndonos disfrutar otra vez de esas míticas batallas contra Roger (como muestra, la histórica final de Wimbledon 2008, el mejor partido jamás jugado), pero también deseamos que Murray sea capaz de ganarle no sólo en Master Series y torneos pequeños, que Djokovic de una vez por todas se convenza que para ser un grande-grande a veces hay que vivir con el dolor, que Del Potro alcance consistencia y recupere el nivel que mostró en el último US Open, y que toda esa nueva generación que creció venerándolo le pierda el respeto.
Porque aunque jamás nadie le podrá tener mala a un supercampeón que no sólo acribilla a los rivales con el tenis más pulcro que se haya visto en una cancha sino que celebra como niño chico cada nueva conquista, queremos también recuperar la emoción de ver un partido sin saber quien va a ganar, o de atrevernos a hacer predicciones para los Grand Slams, que es a fin de cuentas la naturaleza misma de nuestra afición por los deportes.
No fueron pocos los que no le tenían fe a Federer antes de Australia. Que estaba viejo, que ya no podría seguir motivado, que las nuevas generaciones le tenían tomada la mano. Pero una vez más la Perfeción Suiza nos demostró que seguirá ganando hasta que quiera, si es que Nadal o algún otro no se le interponen.

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